No me asusta empapar de sudor
las suelas descosidas del suelo infinito.
No temo a las deshoras continuas
en gélido fuego, mientras yo tirito.
No me asusta el azar de la rota
y sombría caverna que es la oscuridad.
No temo a las quemadas estrofas,
llaves de grilletes, fugaz pedestal.
No me asusta caer desgarrando
el sonido azulado de verte pasar.
No temo despertar sin tu almohada
rozando tu cara, queriendo despertar.
No me asusta el asfalto esperando
caer desde abajo y romperme otra vez.
No temo respirar el desierto,
quiste polvoriento que tengo a mis pies.
Gritar el nombre del desconocido
que abraza cadenas de amores caídos.
Gritar el nombre desaparecido
del niño perdido en mis ojos torcidos.
No me asusta el destello del cielo
entretejiendo sueños, volando al marchar.
No temo al reloj que marchita
recuerdos y noches, locura y andar.
No me asusta danzar entre espejos,
fingiendo sonrisas, cegando la luz.
No temo desmentirme deprisa,
revivir muriéndome en el ataúd.
No me asusta volver y quedarme,
romper el alambre de mi corazón.
No temo vigilar los pasillos
que sed tienen de ver a la imaginación.
No me asusta el tiempo, ni el espacio,
ni el supuesto avanzar del alma en los años,
ni despertar sin tus labios, ni el cielo, ni el daño,
ni gritar en silencio el recuerdo prohibido.
No temo perderme, encontrarme y odiarme,
ni escuchar al olvido llamando a mi puerta,
ni las espinas de la rosa más bella,
ni el persistente olor a vida muerta.
Temer perder es perder.
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