Grietas.
Me miro al espejo
del alma pintada
con olvidos vacíos
y solo veo grietas.
Puerto.
Marinero obligado
en mares tormentosos,
en bares llenos
de tentativas a olvidar,
de intentos inútiles
por llegar a buen puerto.
Roces.
Del viento, del tiempo,
del sueño, del cuervo
que añora el sabor
de mis ojos.
Del suelo, del miedo,
y sobre todo de la soledad.
Mártir proscrito de esos roces.
Voces.
A veces gritos,
otras susurros
en clave de silencio.
Rugen, vociferan,
quieren salir
al mundo
y romper barreras.
En mis silencios oigo voces.
Truenos.
No arrecia la tormenta,
no descansa la agonía,
no mueren las plagas
en los campos yermos
que arrastro por dentro.
Plagas de sangre y truenos.
Muerte.
Morir en vida.
Vivir, por suerte,
a la deriva
en un mar torcido
en ese cuadro
de la pared.
O en una esquina,
pisando ruinas
por doquier.
Qué importará que sea todo grietas,
si en cada puerto me espera un colapso,
colapso de roces cálidos entre versos,
versos que gritan a voces mi nombre,
del cual solo escuchan los truenos,
y en silencio callan, en clave de muerte.
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