Me abriré las venas, me saldrán palabras.

lunes, 20 de agosto de 2012

En busca de la felicidad.

Nunca es fácil hablar de la felicidad. Y no hablemos de describirla, no podría acabar nunca. Y dentro de lo que yo soy, fui y seré, siento la necesidad de compartir esa idea de felicidad que tantas noches me roba el sueño.

¿Queréis una definición? Demasiado complejo. La felicidad se sueña, se siente y se añora. Es ese biberón templado que preparaba nuestra madre con dulzura para que dejáramos de berrear, esas bolsas de patatas que venían con dos tazos en vez de uno, esa canción que tanto te gusta al escucharla en la radio... Y la lista es interminable.

Nos pasamos la vida entera creyendo que la felicidad está relacionada con nuestros sueños más profundos. No os voy a mentir; yo también lo creo. Y es de esos sueños de los que vivo, vives, vive, vivimos, vivís y viven. La oportunidad de cumplirlos nos hace inmensamente felices durante un tiempo.

La felicidad lo cambia todo. El sol brilla con más fuerza, la comida sabe mejor, el mundo parece menos... agresivo, intransigente, cruel y despiadado... Todo por esa sensación de bienestar que nos inunda cuando estamos radiantes, alegres, totalmente ajenos a los problemas o simplemente barriéndolos bajo la alfombra momentáneamente. La felicidad no entiende de tiempo, lugar o persona. Sólo entiende de ti mismo.

Pero, desgraciadamente, lo que fácil viene, fácil se va. Incluso lo costoso y difícil suele irse con una facilidad pasmosa. La vida tampoco entiende de tiempo, lugar o persona. Simplemente actúa, devorando ilusiones, sonrisas y alegrías a su paso. Y nos tira al suelo brutalmente. Nos humilla, nos escupe y nos da patadas. Nos grita al oído lo malos que somos y lo que nos merecemos. Así hasta nuestro último aliento.

Sin embargo, el ser humano no siente predilección por la eterna agonía del sufrimiento. Cuando caemos, nos aferramos a lo que nos alivia, aunque no nos haga felices: el recuerdo, la música, el llanto, el silencio... Nos resistimos a la vida. Es ahí, en ese momento de oscuridad, cuando decides encender un fósforo e iluminar poco a poco el cielo. Decides mirar a tu alrededor; a tu familia; a tus amigos; a ti mismo; a ese gato que creyó que podía saltar de una estantería a otra. Aunque te cueste, te levantas. Y tras morder el polvo por enésima vez, reactivas esa búsqueda incesante e infinita, insaciable en si misma y portadora de todas tus esperanzas: la felicidad de seguir viviendo por tus sueños.

(To be continued...)

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