Era el mármol
precedente al David de Miguel Ángel.
Era Bukowski
un segundo antes de probar el alcohol.
Era Nirvana
sin Kurt, Extremo sin Robe, la Contrabanda sin Rulo.
Era el zapato
perdido de Cenicienta.
Era la
tentación previa al pecado original.
Era el
holocausto de las emociones,
las gafas
rotas de Lennon cuando le despojaron de la vida
y a la vez
las voces en la cabeza de su asesino.
Era el camino
contrario a las utopías,
el corazón
infartado de un recién nacido,
el error del
que no se aprende nada.
Era la
religión en mi propio mundo,
el crucifijo
de la involución,
el Santo
Grial de las desdichas.
Era Dante
dando su primer paso por el averno.
Era la
miseria de ser solamente rico.
Era el
misterio sin resolver de Agatha Christie.
Era el
gladiador condenado a ser carne de león,
el látigo que
fustigaba a los esclavos,
el último
escalón a la horca.
Era el
invierno sin sol de Escandar,
el fuego de
Fahrenheit 451,
el salvaje en
Un mundo feliz,
la soga sobre
el cuello de Adela,
el huevo
derecho de Salem.
Era el crisol
de la melancolía,
la oveja
extraviada (y negra) del rebaño,
la soledad
entre la gente,
el frenesí
del odio hacia uno mismo.
Era demasiado
lo que no quería ser y muy poco lo que quería llegar a ser.
… Y
apareciste aun así,
besando mis
ruinas
como si
fueras el sol
en un mar de
girasoles.
Te
convertiste
en el cincel
obsesivo de la perfección,
en el vaso
que colmó las lágrimas,
en el alma
desgarrada de voz desgarradora,
en el reloj
detenido a las 11:59,
en el
mordisco a lo prohibido,
en la
libertad de la esperanza,
en la
inmortalidad que abrazó al artista al morir
y en el
camino angosto hacia la locura.
Te
convertiste
en el viento
que sopla para que vuelva,
en el primer
latido de un corazón roto,
en la inmóvil
razón de la experiencia.
Te
convertiste
en la asesina
de Dios,
en la
crucifixión de la ignorancia,
en la
perdición de las creencias.
Te
convertiste
en mi Norte y
mi Sur,
en literatura
,
en la
racionalidad de la evolución,
en la
rebelión del amor,
en la musa
que por fin consiguió un puesto de trabajo.
Te
convertiste
en la
nostalgia más bonita,
en la salida
de emergencia del mundo,
en una
imprescindible compañera de soledad,
en el “te
quiero” que nunca pude decirme.
Te
convertiste en todo lo que nunca creí
que podría llegar a tener a mi alcance
jamás.