Me abriré las venas, me saldrán palabras.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Sabor a metralla.

Tras las líneas enemigas
el café sabe a metralla.
Donde el mundo siempre calla
estuve yo cuidando ortigas.

Tras la línea más torcida
las palabras vuelan bellas.
¿Cuál amargo es el dolor
de la verdad que atropellas?

Tras la línea más efímera
el ignorante es curioso...
Se dio prisa por volver
a ser un vil mentiroso.

Tras la línea más demente
el sol sale de espaldas.
¿Para qué verte de frente?
¿Para qué verte por nada?

Tras las líneas enemigas
el café sabe a venganza.
Tras la línea más torcida
las palabras se atragantan.
Tras la línea más efímera
el ignorante está furioso...
Tras la línea más demente
quedan recuerdos de nada.



lunes, 17 de septiembre de 2012

"Sin música, la vida sería un error."

Me gusta disfrutar de las pequeñas cosas. Esos pequeños detalles que convierten un día normal en una sinfonía en la que cada segundo es un pedazo de cielo. Podría enumerar fácilmente todo aquello que, por ínfimo y minúsculo que parezca, me hace sentirme mejor. Podría alargar esa lista hasta el infinito, pero para eso ya están esas páginas absurdas que lo hacen por mí en cualquier red social, véase Canituenti o Feisbuk. No lo haré, por supuesto, sería una pérdida de mi tiempo y el vuestro. Pero estoy aquí para hablar de algo que, de una manera u otra, nos gusta a todos.

"Oye, ¿qué música escuchas?". Todos damos por supuesto que la persona a la que nos dirigimos escucha música. Sin importar el tipo, el cuándo o el por qué. Y eso es porque la música nos acompaña desde que nacemos hasta que morimos. Lo único que mejora un silencio perfecto es una canción que nos encante. Las palabras son veneno; los actos son discutibles; pero la música es eterna.

"Sin música, la vida sería un error". Nietzsche no podía estar más acertado. Cuando escucho música, yo al menos, no lo hago sólo porque me guste. No lo hago para matar las horas, ni para llenar los silencios. No es tan simple como el movimiento del minutero de un reloj. Cada uno tienes sus razones para ponerse unos auriculares, encender una radio o petar Youtube buscando infinitas canciones, como hago muy a menudo.

La música une y separa. Crea y destruye. Nace, pero nunca muere. La música me ayuda a entenderme, a conectar de cualquier forma con esa parte de mí que no entiendo del todo. Nunca me abandona, nunca me deja a medias. Me ayuda a recordar el pasado que ya no duele y a olvidar lo que no dolerá. Cada canción es un paseo por mi cabeza, una odisea que no siempre termina con final fatal.

La música nos une. Encontrar a alguien que tenga como ídolos a mis queridos Guns, Scorpions o La Fuga me alegra el día. Una canción puede significar el abrir de una puerta que conlleve a una buena amistad, a un amor, o simplemente a una conexión efímera que bien te puede sacar una sonrisa. Es un tema muy recurrente  hablar de nuestros grupos favoritos. Mi lista es demasiado extensa como para vomitarla aquí y quedarme tan pancho, y no quiero que mis queridos lectores se duerman o me llamen de todo por siquiera intentarlo.
A lo que iba, la música es perfecta para romper el hielo y soltarte.

Hace magia, también. Nos secuestra de la realidad continuamente, cosa que se agradece. Nos empuja a lo desconocido, a reír por nada, a llorar por todo, a dejarnos llevar por el tiempo, a dejar de pensar, a escuchar. A tomar decisiones, a cambiar de opinión, a no dormir. Nos ayuda a vivir continuamente.

La música lo es todo para mí. Vivir sin ella no sería un error, ya que no podría llamarse vivir.

La música es vida.


lunes, 3 de septiembre de 2012

El valle de las rosas muertas.


Golpes a mi sombra, de sol a luna,
combatiendo contra mí, fingiendo.
Fingiendo mi sed de tu hermosura,
mi amor sin sed, sin ser tú me siento
desorientado.

Dolor a mí vuela, llantos cazando.
De huecos vacíos la cama llena.
Quisiera de ti un dónde y un cuándo,
pues detrás me escondo de la pena,
envenenado.

Temor por la espera, eterna estela.
Como mil gargantas atragantadas,
mil sobredosis de puñaladas,
que nunca corren, que siempre vuelan
de mi costado.

Cantar de amor no escribo, solo puertas.
Puertas de nadie y sin nadie, sin pomo.
Con sumo cuidado mi mente asomo
al valle baldío de las rosas muertas,
casi arrasado.

De piedra el corazón, no más que piedra.
Echo de menos lo que nunca fue,
lo salvaje de un volcán en erupción,
lo tierno de un aliento en el espíritu
acurrucado.



Mi norte zarpó donde nadie vuela,
donde una piedra corazones rompe,
donde un tierno volcán no dijo cuándo,
sin tornarse en mí ni siquiera dónde...

Inacabado.