He venido a escribirte.
Otra vez.
E(re)s un vicio,
una manía enloquecedora
atada por falsas cadenas de acero,
de las que forjan las fobias
y también los sueños.
A escribirte he venido.
No, no me convenzo.
Nunca lo hago.
He venido a caer
sobre este cuadrilátero en blanco
para volver a recibirte con los versos abiertos,
por si algún día fueras más poesía en el papel
que en mi cabeza.
Ojalá nunca llegue ese día.
Ojalá no tenga que odiarme por despoetizarte.
Ojalá tú,
mi musa,
mi caos inspirativo,
echándome a falta de sal
tus labios sobre la herida.
Al insomnio he venido a por mi éxtasis lírico,
a encontrarme con esa sensación de hipnosis tan familiar,
tan de mirarte con cara no haber abierto nunca los ojos;
tan de tocarte como si me creyera Mark Knopfler con una
guitarra;
tan de sentirte como si mi corazón no hubiera bombeado ni
una vez
hasta haberte robado los besos, los orgasmos
y alguna que otra lágrima.
Espero, bajo el resplandor acosador de una lámpara
que hiperbolices la inspiración que tantas noches se me
escapa.
Espero de tus besos las secuelas,
el mutismo de una palabra siendo ficha de dominó,
siendo una matrioska que esconda todas las demás;
todas las que me ayuden a escribirte,
a sentirte mía siendo esta poesía tan solo tuya;
a quererte sin medida, sin censura,
con toda mi vida
condensada
en mis dedos
cuando vengo a escribirte.