Me faltas.
Nunca es tarde para decirlo
aunque el reloj me lleve la contraria.
Te llamaría,
con la voz
entrecortada,
nervioso como siempre
y con la mano en el bolsillo,
buscando en su vacío
las palabras que ya sé,
pero que me saben a poco,
porque poco saben de mí contigo.
“Te echo de menos.”
Impactan, sin salir aún de entre mis dientes
como un rayo de luz en la mirada de un condenado a muerte
en todas las caricias que no llegaron a tocarnos,
en todos los besos que no llegaron a salvarnos,
en todos las calles que no nos llevaron a cruzarnos,
en todas las sonrisas que quisieron evitarnos,
en todas las canciones que te canté en silencio,
en todas las palabras que se quedaron, como ahora,
mudas al verte.
Como yo,
siempre.
“Pienso en ti más de lo que debería, menos de lo que me
gustaría.”
No está lloviendo
pero tu ausencia es tormenta
y mi corazón tiene goteras.
Los ventrículos se inundan
(creo que de nostalgia)
Y yo me mantengo a flote
sobre el recuerdo,
un tanto corroído por la lluvia
(sí, nostalgia);
en ellos
brilla tanto el sol en la comisura de tus labios
que besarte es hacer estallar el universo en mil pedazos.
Casi se acerca a la realidad.
Solo casi.
“Tengo unas ganas de verte que me muero.”
No sé de amaneceres cálidos
sin tu cuerpo desnudo a milímetros de distancia,
ni de canciones de amor
más allá de tus gemidos ahogados cuando te corres.
No sé hablar francés, ni montar en moto,
ni actuar, ni jugar al tenis.
No tengo ni idea de matemáticas,
pero siempre resuelvo la incógnita
cuando te sumo a las ecuaciones imposibles
que me propone la vida
cada día.
Sé poco, prácticamente nada.
Pero sé
que te llamaría ahora mismo
y con el corazón haciendo aguas,
como siempre,
viviría en el eco de tu voz,
entretenido.
Como Robe.
“Te quiero, mi vida, no lo olvides nunca.”