Hasta donde acaban
mis versos
llegan las ondas expansivas
de tus besos,
y atizan
con la dulzura de un Abril en Venecia
los desolados abrazos de la melancolía.
He sentido derrumbar
murmullos ahogados
en copas vacías;
delirios taciturnos
en insomnios sin salida;
los cigarros de antes
sin los incendios de después.
He sentido el derrumbar
de mis muros de cicatrices
por la culpa (tan bendita)
de tu piel rozando la mía
al compás de absurdas ilusiones
descosidas por cada “te quiero” tuyo.
Y que me quiero tuyo es una realidad absoluta
en estas líneas que hablarían mejor de ti
si no fuera yo quien hablara.
Sé que el romanticismo se te atraganta.
Que piensas que los
14 de Febrero
son para los que no se quieren todos los días.
Pero también sabes
que mi romanticismo comienza en tu cuello
Y acaba donde empieza mi locura.
Que los mejores poemas
siempre los tengo en la punta de la lengua
y que a falta de palabras
me sobra tu piel para inspirarme.
Que mi descontrol kamikaze siempre apunta hacia ti,
y yo, simplemente, me dejo llevar.
Me dejo llevar hasta que el tiempo dice “basta”.
No hay mayor verdugo que un tic-tac relativamente efímero,
o esperas llamando a la puerta de lo eterno.
Pierdo la cabeza entre líneas
cuando, en realidad,
me sobran todas y cada una
para decirte que cuando te siento sonreír
me sonrío encima;
para decirte que mis poemas te odian
porque se han cansado de que sean también tuyos;
para decirte, sin tiempo apenas,
que hasta donde acaban mis versos
llegas tú.